Tuvimos la oportunidad de conocer a Christian Defrance de Tersant personalmente en Argentina el año pasado, de la mano de la escuela FULCRUM.

Su trayectoria, profesionalismo y espíritu osteopático nos cautivaron al instante. Conversamos, debatimos y nos reímos juntos y, lo más importante, no nos olvidamos de él.

Por eso, tiempo después, sentimos la necesidad de volver a contactarlo para poder compartirlo con todos ustedes.

Esta entrevista es, en algún punto, una continuidad de aquel primer encuentro. Espero que lo disfruten tanto como nosotros.

Osteopatía - ¿Cómo llegaste a la Osteopatía?

Christian Defrance - Mi camino comenzó como kinesiólogo. Me formé en 1967 en la escuela dirigida por el doctor Boris Dolto, donde ya había una mirada más amplia del cuerpo, más allá de la rehabilitación clásica.

Pero el verdadero quiebre llegó al empezar a trabajar como asistente en París. El profesional con el que trabajaba me pidió primero observar. Y recuerdo muy bien ese momento: ver por primera vez manipulaciones vertebrales, escuchar el cuerpo responder… fue descubrir otra forma de comprender y abordar al paciente. Él seguía la enseñanza del doctor Robert Maigne, y ahí empezó todo.

Después de unos años, ya instalado en el sur de Francia, sentí la necesidad de ir más lejos. Viajé a Suiza, donde me formé con Alexander Ruperti, y al regresar me integré de lleno en el estudio de la osteopatía.

Me formé con Albert Bénichou (Alias Bob) y luego con Marc Bozzetto, incorporando también la osteopatía craneal en una época en la que esta práctica aún era poco reconocida e incluso perseguida en Francia. Me diplomé en 1981 en Atman, con Denis Brookes como presidente del jurado, una figura clave en la expansión de la osteopatía craneal en Europa, a quien tuve la suerte de tener como profesor.

En esos años, mi práctica combinaba kinesiología, osteopatía y también medicina tradicional china, disciplina en la que me formé y que enriqueció profundamente mi mirada.

En 1984 tomé una decisión definitiva: dejar la kinesiología para dedicarme por completo a la osteopatía.

Casi en paralelo, comenzó mi camino en la enseñanza. Primero en medicina china, y luego, de manera muy orgánica, en osteopatía. Lo que empezó como encuentros informales con colegas fue creciendo hasta convertirse en una escuela, dando origen a Sfere y más adelante al ISO Aix-en-Provence, que dirigí durante muchos años. Seguí enseñando en distintas instituciones, entre ellas nuevamente en Atman, donde fui responsable pedagógico y clínico durante varios años.

Los años 90 fueron intensos, marcados por los conflictos legales en torno a la osteopatía. Yo mismo atravesé un juicio en 1992, en un contexto donde la profesión aún buscaba su lugar.

Con el tiempo, fui dejando progresivamente la práctica clínica para dedicarme a la formación. Hoy continúo enseñando en posgrados, viajando y compartiendo la osteopatía en distintos países.

No fue un camino lineal, sino una búsqueda constante. Pero siempre guiada por lo mismo: comprender más profundamente al cuerpo y acompañar mejor a las personas.

Osteopatía - ¿Qué es la osteopatía para vos?  ¿Qué significa y qué impacto ha tenido en tu vida?

Christian Defrance - La osteopatía, para mí, lo cambió todo. No fue solo una especialización: fue un cambio completo de profesión… y de mirada. En un momento tuve que elegir, no quería quedarme “entre dos sillas”, y decidí dedicarme por completo a esto, en una época en la que éramos muy pocos en Francia.

Pero definir la osteopatía… es casi imposible.

No es una técnica. No es simplemente manipular. Es un concepto, una manera de pensar, una forma de estar frente al otro. Y cuando uno entra realmente en ese concepto, ya no lo puede separar de su vida. Vivís con la osteopatía.

Desde un lugar pedagógico puedo decir que es una medicina —una medicina más, como la alopática, la china o la homeopática—, pero también es un arte. Y, sobre todo, una filosofía. Una forma de vivir.

William Garner Sutherland decía que el osteópata es un hombre de reflexión. Y creo que ahí hay algo muy esencial: la osteopatía te obliga a cuestionarte, a observar, a profundizar constantemente.

Muchas veces les digo a los estudiantes que hay tres etapas en este camino. Primero, se convierten en técnicos: aprenden herramientas, técnicas, protocolos. Luego, empiezan a ser practicantes: personas que saben cuándo y cómo usar esas herramientas. Pero hay una tercera etapa, que es la más importante: convertirse en terapeuta.

Y eso no lo define un diploma.

Eso lo dicen los pacientes.

Ser terapeuta es una evolución personal. Es crecer a través de la práctica, refinar la percepción, aprender a estar presente con el otro sin invadirlo. Es buscar cada día hacer un poco mejor con lo que uno tiene: la mente, las manos… y algo más difícil de nombrar.

Porque la osteopatía también es eso: una búsqueda constante. Como decía Sutherland, seguimos buscando. Incluso hoy, después de tantos años, sigo buscando.

A veces me gusta pensar la palabra osteopathy desde otro lugar. Path en inglés también significa “camino”. Y eso es, para mí: un camino en el que uno entra y en el que evoluciona toda la vida.

No se trata solo del cuerpo, aunque trabajemos con él. Al tocar el cuerpo, entramos en relación con algo más amplio: la persona en su totalidad. Y eso implica una gran responsabilidad.

Por eso también insisto mucho en algo: un buen terapeuta sabe implicarse, pero también sabe mantener una cierta distancia. Sin esa distancia, uno se pierde, se confunde con el paciente… y deja de poder ayudar.

En definitiva, la osteopatía no es algo que hago.

Es algo que me acompaña, que me forma… y que, de alguna manera, sigo aprendiendo todos los días.

Osteopatía - ¿Quiénes fueron tus grandes maestros, o a quiénes consideras tus grandes maestros, y a quién más conociste o con quién más compartiste?


Christian Defrance - Cuando pienso en mis maestros, me cuesta hacer una lista cerrada. Porque, en realidad, siento que todas las personas con las que me crucé me marcaron de alguna manera.

Desde el inicio, hubo figuras muy importantes. Boris Dolto, por ejemplo, fue uno de los primeros. Tenía una presencia muy particular y una forma de enseñar que iba más allá de la técnica: nos hacía tomar conciencia de lo que implica tocar a un paciente, de la responsabilidad que eso conlleva.

También Alexander Ruperti fue fundamental en mis primeros años. No solo por lo que enseñaba, sino por quién era: una persona profundamente humana. Y eso deja una marca.

Después, por supuesto, Marc Bozzetto y todo su entorno tuvieron una gran influencia en mi desarrollo. Pero si soy honesto, no podría quedarme solo con algunos nombres. Fueron muchos encuentros, muchas experiencias, muchos intercambios.

Tuve además la suerte de conocer a figuras muy importantes de la osteopatía, como Viola Frymann, quien incluso validó el trabajo de mi tesina. O Rollin Becker, cuyo enfoque dejó una huella profunda en mí.

También hubo vínculos muy cercanos con colegas, como Francis Peyralade, o intercambios muy ricos con osteópatas ingleses y americanos, en una época donde compartir era parte esencial del aprendizaje.

Algunos encuentros fueron más breves pero igualmente significativos. Recuerdo, por ejemplo, haber conocido a Jacques Andréva Duval durante unos días en el marco de la Academia Craneal Sutherland. A veces no se necesita mucho tiempo para que un encuentro deje huella.

Y después están esas relaciones más profundas, como la que tuve con Robert Perronneaud-Ferré. Él enseñó en mi escuela y durante un tiempo me confió su manuscrito, que nunca llegó a publicarse. Son esas historias más íntimas, más humanas, que también forman parte del recorrido.

Con Philippe Druelle compartimos formación en su momento, y más adelante nuestros caminos volvieron a cruzarse en distintos contextos. La osteopatía tiene mucho de eso: caminos que se separan y vuelven a encontrarse.

Mirando todo esto, me doy cuenta de que más allá de los nombres, lo importante fue siempre la calidad de los encuentros.

Sigo, incluso hoy, yendo a formarme. Una o dos veces por año busco a alguien que me interese, alguien de quien pueda aprender. Porque esto no se termina nunca.

Y si hay algo que todos esos maestros y encuentros me dejaron, no es solo conocimiento.

Es una manera de ser.

Porque la osteopatía también es eso: humanidad, tolerancia, capacidad de escucha, resiliencia. Cualidades que, para mí, son inseparables de ser un buen osteópata.

Osteopatía - ¿Qué le dirías a un osteópata que recién empieza su camino?

Christian Defrance - Lo primero que le diría es: que confíe.

Que confíe en sí mismo y que confíe en sus manos. Porque ahí empieza todo. Eso no significa que no vaya a tener dudas —las va a tener—, pero las dudas también forman parte del camino. No hay que evitarlas, hay que atravesarlas y avanzar con ellas.

Muchas veces, al comenzar, aparece el miedo: “¿y si lo hago mal?, ¿y si arruino algo?” Pero no. La medicina, en cualquiera de sus formas, está hecha para ayudar. Siempre algo sucede en el encuentro con el paciente.

También le diría algo fundamental: que respete profundamente a la persona que tiene delante. Ese vínculo es la base de todo.

Y después, que trabaje. Que siga trabajando, que siga buscando, que no se detenga. Porque cada osteópata tiene que construir su propia manera de ver y practicar la osteopatía.

Siempre les digo a los estudiantes que no quiero que sean repetidores. No quiero “loros” que replican lo que escucharon.

Quiero que piensen, que cuestionen, que hagan su propio camino.

Osteopatía - Hoy que viajás mucho por el mundo ¿Cómo ves la osteopatía?

Christian Defrance - Veo cosas muy valiosas… y otras que me preocupan.

Quizás lo que más me preocupa hoy es lo que está pasando en Francia. Hay una especie de tensión entre generaciones: entre lo que podríamos llamar los “antiguos” y los “modernos”. Y en ese cruce, a veces siento que se pierde algo esencial.

Hoy hay una fuerte tendencia hacia la Medicina Basada en la Evidencia, hacia la necesidad de que todo esté demostrado, medido, validado. Y por supuesto, eso tiene su valor. Pero cuando se vuelve el único criterio, corremos el riesgo de vaciar la osteopatía de su esencia. “Sí, pero señor, lo que usted dice, ¿dónde están las pruebas? ¿Dónde vio eso?” Hay una necesidad de hacer científico todo lo que aprendemos.

En paralelo, cuando viajo, veo algo muy distinto.

Estuve hace poco en India, por ejemplo, y me encontré con estudiantes profundamente comprometidos. Escuchan, practican, se implican. Son conscientes de que están construyendo algo desde el inicio, casi como una semilla.

En Rusia también veo algo muy interesante: muchos osteópatas son médicos, con una base científica muy sólida. Y sin embargo, están ahí, abiertos, escuchando, disponibles para aprender, incluso después de muchos años de práctica.

Esa actitud —esa apertura— es algo que valoro mucho.

No se trata de aceptar todo sin cuestionar. El espíritu crítico es fundamental. Pero también hay que saber reconocer que en la transmisión hay algo más que información. Hay una experiencia, una esencia, algo que no siempre entra en un artículo científico.

A veces, cuando uno es joven, cree que lo científico es la única verdad. Y no es así.

La ciencia es una cosa —y es necesaria—, pero la práctica clínica es otra. En osteopatía trabajamos con la anatomía, la fisiología, la psicología… con las ciencias humanas. Trabajamos con personas.

Viola Frymann lo decía muy bien: no tiene sentido oponer la medicina y la osteopatía. Son enfoques que pueden complementarse.

Porque al final, uno hace medicina cuando recibe a un paciente. Escucha, interroga, observa, comprende. Y recién después se pregunta: ¿qué voy a hacer?, ¿cómo voy a abordarlo?

Mi visión es global, sí. Pero el tratamiento puede ser muy preciso. Es como un embudo: uno recoge mucha información, la procesa, y al final queda lo esencial.

Y eso… no se aprende solo leyendo.

Se aprende trabajando. Tocando. Acompañando.

Si no se toca a las personas, la osteopatía no tiene sentido.

Osteopatía - ¿Creés que es bueno o no que la osteopatía esté regulada en los países?

Christian Defrance - No lo veo en términos de bueno o malo.

En Francia, por ejemplo, la reglamentación trajo algo concreto: el fin de los juicios por ejercicio ilegal. Eso dio cierta estabilidad. Aunque, paradójicamente, algunas leyes antiguas siguen existiendo.

Pero cuando uno mira más allá, ve realidades muy diferentes. En Alemania, por ejemplo, la osteopatía no está reglamentada, y sin embargo encuentro cada año muchos estudiantes comprometidos, con ganas de aprender, de trabajar, de profundizar.

Por eso, más que la regulación en sí, creo que lo importante pasa por otro lado.

Osteopatía - ¿Y en líneas generales, ves buena calidad de osteopatía en el mundo? ¿Ves buenas manos?

Christian Defrance - Siempre digo lo mismo: lo único que realmente me importa es que se respete el concepto.

A partir de ahí, cada uno puede usar las técnicas que quiera: estructural, craneal, biodinámica… no es eso lo esencial. Lo importante es que haya un espíritu detrás, una coherencia.

Hoy se habla mucho de “terapia manual”, pero es un término muy amplio. El masaje es terapia manual. Muchas técnicas lo son. Pero la osteopatía no es solo eso.

Si no hay concepto, si no hay una manera de pensar y de comprender lo que se está haciendo, entonces falta algo fundamental.

Y eso es lo que a veces me preocupa: ver profesionales con muchas técnicas… pero sin ese fondo, sin ese espíritu.

Osteopatía - Si pudieras cambiar algo en el sistema actual, ¿qué sería?

Christian Defrance - No sé si se trata de cambiar algo… creo más bien que se trata de comprender que todo está en movimiento.

Cuando empecé, conocí una osteopatía muy distinta a la actual, y la vi crecer, transformarse. Pero eso es natural. Son ciclos. Como todo en la vida: va y viene, como una sinusoide. Hoy, por ejemplo, Francia atraviesa un momento particular, pero otros países están en etapas diferentes… y quizás algún día pasen por lo mismo.

Entonces, más que querer cambiar algo de manera radical, creo que hay que saber adaptarse a lo que ocurre.

A mi nivel, lo único que intento hacer es transmitir.

Transmitir una forma de mirar, de reflexionar… y sobre todo, una pasión. Pero no de manera invasiva. Me gusta pensar que lo hago en “pequeñas dosis”, como semillas que uno va dejando en distintos lugares, esperando que crezcan con el tiempo.

Eso es lo que busco cuando viajo y enseño: no imponer, sino despertar algo en el otro. Una curiosidad, una inquietud, un deseo de profundizar.

William Garner Sutherland tenía esa doble dimensión que siempre me inspiró: por un lado, una mirada muy rigurosa, casi científica; y por otro, una apertura más sensible, más profunda. No necesariamente religiosa, pero sí conectada con algo más amplio.

Porque al final, la osteopatía también nos enfrenta a algo bastante extraordinario: el hecho de que, a través de algo tan simple —y tan complejo— como las manos, podamos generar cambios reales en las personas.

Y eso implica una responsabilidad.

Por eso siempre insisto en algo fundamental: conocerse a uno mismo. Cada osteópata tiene que hacer ese trabajo. No hay una única forma de hacerlo, pero es un camino necesario. Cuanto más uno se comprende, más claro puede estar frente al otro.

Con los años, uno madura. Como persona y como terapeuta. Van de la mano.

Pero, sinceramente, creo que eso no lo define uno mismo. Son los demás —los pacientes, los colegas, el entorno— quienes, en definitiva, pueden decir quién sos realmente.

A medida que pasa la vida, la osteopatía madura dentro del osteópata. Maduramos, como el arte y crecemos como personas.

Yo, por mi parte, solo intento haber hecho más bien que mal.

Osteopatía - ¿Cuándo volvemos a vernos?

Christian Defrance - (Sonríe) Ya tengo fechas programadas. A partir del 19 de septiembre voy a estar nuevamente allí.

Gracias Christian por abrirnos las puertas a tu mundo osteopático. Un mundo que no solo es enorme, sino que respira la historia de la osteopatía. Nos honra poder comunicarte. Merci!

Entrevista a Christian Defrance de Tersant DO

por Christian Drevon Callone