Entrevistar a Ana Callone fue, para mí, un placer y también un desafío. No solo porque es una figura fundamental en la historia de la osteopatía argentina, presente desde los primeros pasos de la disciplina en nuestro país, sino porque ocupa un lugar muy importante en mi propia historia. A Ana le debo gran parte de mi recorrido: me enseñó osteopatía, pero también me abrió la puerta a enseñar y a descubrir la transmisión como una forma de sostener vivo aquello en lo que creemos. Conversar con alguien a quien uno admira tanto exige encontrar la distancia justa. Esta entrevista intenta acercarse a su historia sin quitarle misterio; recorrer su infancia, sus maestros, el nacimiento de las primeras escuelas y la creación del CEOB, pero, sobre todo, escuchar su manera singular de comprender la osteopatía: como profesión, como filosofía y como camino de vida.

Osteopatía: Ana, Muchísimas gracias por esta entrevista. contanos de vos. ¿Quién es Ana, cómo fue Ana de chica, dónde se crió, y cómo fue su camino?

Ana: Yo nací un 3 de febrero en San Isidro en 1959. Mis padres siempre fueron de zona norte y allí me crié. Soy la mayor de cuatro hermanos: somos tres mujeres y un varón, de una familia típica de clase media. En casa siempre se respiró un aire solidario, de ser solidario con el otro. Eso lo mamamos por el lado de mi Nonna materna, que era una señora muy intuitiva, que siempre estaba en movimiento, ayudando a los demás, preparando una buena comida. Mi bisabuelo del lado materno también era muy solidario. Era bizantino y trabajaba en la iglesia con los de San Vicente de Paul, ayudando a las personas. El lado solidario lo heredé de ahí, del lado materno y de mi Nonna paterna heredé las manos, que son idénticas a las de ella y con quien también comparto esta característica mía de ser muy reservada. Realmente tuve Nonnas que me completaron buenos espacios y fueron muy importantes en mi vida.

De chica siempre me gustaron los animales. Cuando tenía siete años, mis padres tenían una casa en el campo donde la pasábamos fenomenal todos los veranos y los fines de semana. Un día mi papá había construido una pileta, y al entrar hizo un mal movimiento y se rompió tibia y peroné, fractura expuesta. Ahí sentí internamente que quería ser médica de huesos. Calculo que era por ayudar a mi papá, con quien siempre tuve una lindísima relación.

Ya en la adolescencia había pensado en hacer Medicina, pero en su momento desistí. Conocí a la hija de un otorrinolaringólogo muy famoso de Argentina en ese momento, que era amigo de mis padres, y ella me dijo: "Mirá, Ana, hay una profesión preciosa, solidaria y muy linda también para una mujer: la fonoaudiología. Te podés dedicar a la rehabilitación del habla, del lenguaje, de la voz o de la audición." Pensé que podía gustarme. En ese momento yo no trabajaba, pero iba a ayudar al Cotolengo de Don Orione.

Don Orione, fue un santo italiano que, al llegar a la Argentina, crea los Cotolengos de la Divina Providencia: lugares que reciben niños con malformaciones, sobre todo con parálisis cerebral y problemas cognitivos. Los sábados a la mañana yo iba a ayudar ahí. Estudié en la Universidad del Salvador la carrera de fonoaudiología y seguí trabajando los sábados en el Cotolengo.

Yo en realidad iba a sacar a los chicos a pasear, a ayudar, porque todavía no tenía una profesión y era muy joven. Pero cuando me recibo, un kinesiólogo que trabajaba ahí conmigo me dijo: "Ana, sería buenísimo que pudieras implementar acá lo que sabés." En la facultad había tenido una profesora alemana, una señora maravillosa, extraordinaria, que nos había enseñado varios métodos de acercamiento al niño con discapacidades motoras y cognitivas. Empecé a trabajar con ese kinesiólogo y con una musicoterapeuta, movilizando y socializando a chicos que estaban realmente muy dañados en algunas funciones, pero que tenían otras funciones espléndidas: en la conexión, en la mirada, en la vida que se manifestaba dentro de ellos sin poder salir porque estaban, de alguna manera, presos de ese cuerpo físico.

Así empezó mi formación en el área de la rehabilitación, donde elegí toda la parte de neurología y también la de los niños que no podían organizar el lenguaje y el pensamiento: las mal llamadas "afasias", porque no era que hubieran perdido algo, sino que no habían podido incorporarlo al lenguaje. Ahí me di cuenta de que eso me gustaba, porque fonoaudiológicamente le permitíamos a ese niño escolarizarse normalmente, y no tenían que ir a un lugar donde no pertenecían de acuerdo a sus patologías.

También incursioné en el mundo de los adultos con afasias, y fue un aprendizaje importante ver a una persona adulta que pierde la capacidad de hablar o de comprender: pensar cómo puede sentirse esa persona desde adentro.

Osteopatía: vos tenías dieciocho, veinte años cuando empezaste en el Cotolengo. Me llama la atención que alguien que recién sale del colegio tenga ganas de enfrentarse a esa realidad tan difícil. Más allá de la fonoaudiología, ¿ya tenías esa curiosidad, esa chispa de observar algo más en los pacientes? ¿veías algo del cuerpo de los pacientes que ya te empezaba a dar cierta experiencia?

Ana: Sí, totalmente. Tenía diecisiete o dieciocho años cuando fui al Cotolengo. Después terminé la formación, alrededor de los veintidós años más o menos, y yo veía que no quería trabajar solamente el síntoma como nos enseñaban, o como yo lo entendía en ese momento. Sabía que existía algo que tenía que encontrar para trabajar el origen del problema. Que de repente estuviera trabajando en un niño una posición de la lengua, una vibración de la lengua, eso no era lo que yo buscaba. Yo buscaba el porqué: por qué esa posición no se daba, por qué esa vibración no venía, por qué esa postura influía en la fonación. Sabemos que para fonar hay que tener una posición, un desarrollo motor neurológico. A los veintipico me fui a vivir a Paraguay.

Osteopatía: ¿Y por qué te fuiste a Paraguay?

Ana: No fue una búsqueda mía de otro camino. Yo estaba casada con el papá de mis dos hijas mayores. Él trabajaba para una empresa que le había pedido si quería ir unos años a trabajar a Asunción. En ese momento estábamos pensando en irnos a Italia, pero surgió lo de Asunción, que estaba mucho más cerca, y fuimos toda la familia.

Mientras tanto hago los contactos con una escuela de sordos y con un centro de rehabilitación que en ese momento era un lugar tope, maravilloso, en Asunción: se llamaba APADEM, una asociación de padres de niños con síndrome de Down y con parálisis cerebral, que querían tener la mayor cantidad de profesionales posible para ayudar a sus hijos.

Entro a trabajar ahí y me fascina: teníamos de todo, chicos que hablaban guaraní, que venían del campo, chicos indígenas. Estaban las rehabilitadoras, las terapistas manuales, yo como fonoaudióloga, los médicos... Había una cantidad importantísima y una gente lindísima en el equipo.

Como la vida es generosa y siempre da lo que uno está buscando, pasó el tiempo y una mañana me toca a mí exponer un caso en el ateneo que hacíamos todos los martes, de siete a ocho y media, antes de empezar el servicio. Mientras yo estaba hablando, veo entrar a un hombre que atraviesa toda la sala, me atraviesa a mí, y se sienta al lado mío. Esa persona era Gilles, que llegaba tarde a escuchar la charla. Cuando termina, empezamos a conversar y le pregunto "¿Qué es la osteopatía?". Ahí supe que eso era lo que yo estaba buscando: el trabajo en la causa de los problemas, en cómo liberar ciertas estructuras para que el síntoma se levante solo, o con poca ayuda.

En ese entonces, Angie, mi hija más chica, había tenido una convulsión febril y cuando Gilles se enteró me dijo: "Vamos a tratar a Angie, es un problema de occipital-atlas, sobre todo del área occipital." Ahí empezó el tratamiento con Angie, y empecé a tratarme también, hasta que sentí que ese era mi camino. Así fue como, me enamoré de la osteopatía y luego me enamoré del osteópata.

Osteopatía: Gilles estaba viviendo en Paraguay, ¿venía directamente de Francia?

Ana: Sí, había llegado unos meses antes que yo, más o menos por el mismo momento. Él quería hacer algo solidario y por eso va a esa institución, y ofrece sus servicios en forma gratuita. Habremos llegado el mismo año, aproximadamente. Él venía de Francia y se instala en Paraguay porque en ese momento se había estrenado en Francia un documental sobre la vida en Paraguay, y hubo una ola de franceses que se fueron a instalar allá.

Osteopatía: O sea que tu intención era ir a Italia, pero el destino te llevó a Paraguay: todo estaba ordenado.

Ana: Todo estaba ordenado. En esos momentos termino con mi primer matrimonio, vuelvo a Buenos Aires con las chicas, y ahí me dan la posibilidad de formar el área de Fonoaudiología en el hospital de Pacheco, el cual me dio mucho. Mientras tanto siempre tuve mi consultorio clínico, primero en Paraguay y después en Pacheco: siempre tuve la clínica, porque para mí la clínica es impresionante, es lo que te hace avanzar.

Trabajé varios años en el hospital. Después formo pareja con Gilles, porque él viene a la Argentina; me embarazo de Christian, mi primer hijo varón, y a partir de ese embarazo viví en Belgrano. Viajar todos los días a Pacheco, sin la autopista que hay ahora, era un trabajo fuerte de tiempo en el auto. Tomé una licencia y después dejé el hospital, mientras seguía trabajando en mi consultorio de Belgrano. Ya había empezado la formación en osteopatía, así que al comienzo trabajaba con mis pacientes de habla, lenguaje y voz, pero al mismo tiempo iba incorporando las estructuras osteopáticas, hasta que un día decidí: Me dedico completamente a la osteopatía.

Osteopatía: En ese momento, ¿vos ya habías estudiado osteopatía formalmente, o era Gilles el que te enseñaba ciertas técnicas? ¿Cómo fue?

Ana: Gilles había sido alumno de Denis Brookes, el inglés que, según decían los franceses, "movía los huesos del cráneo", y que había conocido a Sutherland. Gilles me enseña, por supuesto, pero yo conocí en ese tiempo a Denis Chaboud, otro francés que había venido a Buenos Aires y que, muy gentil y amorosamente, durante mi embarazo de Christian, me invitó a sus clases. Denis se había formado en Suiza, en la escuela de "etiopatía": no la llamaban osteopatía simplemente por una cuestión etimológica.

Luego de Christian, muy cerquita nace Nicolás, y en septiembre del año en que nace Nicolás me voy a Canadá e inicio la formación.

Osteopatía: ¿Ya existía acá el Instituto Argentino de Osteopatía, o todavía no?

Ana: El IAO todavía no existía. Existían algunos cursos que unos kinesiólogos de la Universidad de Buenos Aires le habían pedido a Gilles, para que les enseñara algunas técnicas. Él empezó con unos policopiados hablando del sacro, del ilíaco, pero de forma muy elemental y casera: más que una formación, eran reuniones enriquecedoras donde transmitía algo de conocimiento, en el consultorio de uno de los kinesiólogos, una vez al mes o cada dos meses. Esa gente tenía la chispa de querer conocer qué era la osteopatía, pero eso quedó ahí, pausado.

Sigo mi formación en Montréal, y un día Gilles me dice: "Ahora vamos a tener un espacio, un lugar".

Osteopatía: ¿Cómo decidís vos estudiar en Montréal? ¿Por qué ahí y no en Estados Unidos o en Francia?

Ana: Súper pregunta. Yo me voy en junio a un simposio: Gilles iba a hacer un curso, no recuerdo si de somato emocional o qué. Y yo, como todavía no era osteópata, fui a hacer un curso de la técnica de Jones, de strain-counterstrain, con un hombre maravilloso de cuyo fallecimiento me acabo de enterar. (hace una pausa) Él ayudó a Philippe Druelle a formar la escuela en Montréal, pero desde un lugar más silencioso. Lo que me llamó la atención de ese hombre generoso es que, cada vez que vos tenías una duda, él venía con el librito y te mostraba dónde apoyar las manos, cómo hacer: una didáctica con una generosidad maravillosa.

En los recreos me encuentro con una profesora francesa que me dice muy clara y frontal: "Si querés estudiar osteopatía, vení a Montréal", porque en Francia la osteopatía tiene otro espíritu, no es como acá. Yo, además, no tenía el francés como para ir a estudiar allá. Así que dije: bueno, voy a Montreal. Y ese mismo septiembre empezó la formación.

Osteopatía: ¿Y cómo se lo planteaste a Gilles? ¿Qué le dijiste, que ibas a viajar una vez por mes a cursar?

Ana: Le dije que me iba a Montréal a estudiar, y él estuvo totalmente de acuerdo. En primer lugar, era mi decisión, pero además a él también le encantaba la idea. Era un proyecto lindo. Así que dejé a mis cuatro hijos y me fui a estudiar. Y lo interesante, es que apenas llegué a Montreal y escuché los primeros cursos, supe que esa era la escuela donde yo tenía que estar. Se sentía que no era solamente algo mecánico, que no ibas a aprender solo técnicas de "cracking", sino que te dejaban entrever algo más, que yo todavía no sabía bien qué era, pero intuía que era lo que estaba buscando. Muy tempranamente, Philippe nos metió dentro del mundo del fluído, del mundo espiritual, sin ningún empacho: hablaba de la mente, del cuerpo, del espíritu. Y creo que eso provocó en mí mayor fuerza, mayor raíz, mayor pasión por la osteopatía.

También pasábamos mucho tiempo haciendo manipulaciones, con compañeros a veces altísimos y enormes y todo eso tenía una recompensa, que era cuando llegábamos al cráneo, cuando Philippe hablaba de las cosas de la vida: ahí todo pasaba a otro plano y empezábamos a surgir desde adentro. Así fueron los cinco años de osteopatía en Montréal, con los programas que Gilles después implementó para el instituto: los tres primeros años musculoesquelético y craneal, y el cuarto y quinto, visceral. Por el contrario, en el CEOB, (escuela que funda en 2004 y dirige actualmente), no quisimos que quedara descolgado tocar el útero sin ver la parte hormonal, por ejemplo, así que revisamos los programas y los organizamos de otra manera. Pero en aquel entonces era así.

Osteopatía: ¿Cuántos años viajaste hasta recibirte?

Ana: Cinco años. Viajé durante cinco años, y también me quedaba tiempo allá, cuando mi familia podía acompañarme, para no tener que estar viajando tanto.

Osteopatía: ¿Recordás cuál fue tu primer impacto en la escuela? La primera clase o tratamiento que te enseñaron y pensaste "esto es increíble, es acá".

Ana: Sabes que tengo cierta inclinación por el trabajo craneal. Empezamos tan jóvenes, y el cráneo, si bien yo ya lo había visto con Gilles y con Denis Chaboud , sigue siendo misterioso: cada vez es mayor la demostración. Así que creo que fue el craneal, y después tuve la suerte de haber tenido a Philippe durante los cinco años de formación. Hubo otros profesores: Marie Colford, nos enseñó los temporales. Después Denise Laberge, que acompañó a Philippe durante muchos años, ayudándolo con la organización de la escuela. También Denise Dufresne, que nos dio una clase sobre bebés. Pero lo principal es que durante los cinco años yo lo tuve a Philippe, cosa que después se fue diluyendo con el tiempo porque él ya no podía ocuparse de los cinco seminarios. Tuve esa gran ventaja de verlo trabajar, y sobre todo de escucharlo.

Cuando llego a Buenos Aires luego de recibirme, mis conocimientos ya se habían agrandado, y pude aportarle a Gilles toda la parte craneal, que él trabajaba con una mirada diferente, porque venía de Inglaterra, con una formación más mecánica del cuerpo, donde el cráneo se aprendía en el consultorio de Denis Brookes únicamente. En aquel momento era ir al consultorio de Denis Brookes a estudiar.

Osteopatía: O sea que mientras vos estudiabas, se fue gestando el IAO, ¿y vos acompañaste todo ese proceso?

Ana: Todo el proceso. Se gestó de a poco, con algunos kinesiólogos; después se sumó un profesor de educación física, dos masajistas... Me acuerdo como hoy que estaba el director de Kinesiología del Hospital Durand. Había algunos kinesiólogos y otros que no lo eran, así que hubo que ensamblar, explicar que la osteopatía era para todo el que la quisiera estudiar. Ahí yo empiezo a enseñar craneal. Todos los viejos alumnos del IAO saben que conmigo hicieron el occipital. (se sonríe)

Osteopatía: O sea que vos te encargabas de la parte craneal, que era lo que a vos te gustaba, y eso lo traías de Montréal.

Ana: En realidad lo traía de los conocimientos que había tenido en Montréal, sumado por supuesto a las experiencias que iba teniendo, porque mi consultorio nunca dejó de trabajar. El IAO fue creciendo y se alquiló un espacio grande en La Pampa y Tronador, donde Gilles podía poner su consultorio en planta baja, cerca de la recepción. Luego estaba la secretaría, y salas para curso o clínica en la planta baja y el primer piso.

Osteopatía: ¿Ya había mucho caudal de alumnos en ese momento, o todavía era algo chico?

Ana: Después de esa primera generación de osteópatas más informal, a partir de alquilar en la Pampa se institucionalizó. Ya se había puesto el nombre "Instituto Argentino de Osteopatía", y ahí le dio más peso de institución, más formalidad, más formación.

Yo seguía enseñando craneal, y de aquel pequeño grupo de Tronador salieron los primeros profesores: estaba Alcira Valeri, que es kinesióloga, y dos o tres más. Además de Gilles por supuesto, porque para que Gilles largara algo no era fácil: le gustaba mantenerlo a su manera (se sonríe con cara pícara).

Gilles tuvo que atravesar un proceso de evolución que no fue fácil, porque los conceptos que yo traía de Montréal eran nuevos para él y bastante novedosos en general. Si uno viene de un medio muy estructurado, cuesta el ensamble. Había debate en casa sobre osteopatía todo el tiempo: cada cena era un paciente, un tema de osteopatía, y también debates con él sobre todo lo que se podía hacer desde el cráneo. Él se ponía firme en que había que liberar la estructura a través de las maniobras osteoarticulares. ¡Pero cuando le dolía la cabeza, me pedía que ponga mis manos en su cráneo! (se ríe)

Tuvo que hacer su propio camino, que no fue fácil, porque yo venía con mucho para mostrar y quizás no se sintió del todo seguro ahí. Entonces siguió con mucha fuerza en la parte osteoarticular, y yo seguí mi camino con lo craneal. Un día, cuando nuestros caminos personales se separaron, era prácticamente imposible que siguiéramos en la misma formación: él iba a boicotear todo el concepto craneal que yo podía ofrecer. Así que decido retirarme de la escuela.

Osteopatía: ¿Más o menos en qué año fue eso? ¿Cuánto tiempo estuviste en el IAO?

Ana: No te puedo decir con precisión, tendría que preguntarle a mis hijos; con los años soy un desastre. Pero en algún momento dije "bueno, hasta acá, basta, no quiero seguir luchando con esto". Creo que habrá sido en el 2000. Le dije que me retiraba, porque si no iba a ser un deterioro para la escuela. En una escuela tiene que haber un mismo espíritu. En ese momento hubo alumnos y pacientes que habían estudiado osteopatía y me dijeron: "Ana, nosotros queremos el fluido, queremos que nos enseñes." Empecé entonces en un lugar chico a enseñarle a un grupo, el trabajo fluídico.

Osteopatía: Claro, y a partir de eso se empezó a gestar el CEOB.

Ana: Exacto. A pedido de esos alumnos decido formar una escuela que empezó con muy pocos cursos: así empiezo a formar lo que hoy es el CEOB.

Osteopatía: O sea que apenas terminaste una etapa, enseguida se empezó a gestar otra. A vos te gusta enseñar.

Ana: Amo enseñar. Amo enseñar osteopatía, porque creo que la transmisión es súper necesaria: si no, se va con vos. La transmisión tiene que seguir. Pero en ese momento yo no estaba pensando en armar una escuela.

Osteopatía: El CEOB se funda en 2004, ¿no?

Ana: Se funda en 2004 formalmente. Allí le pregunto a Ralph Fuhrmann si me acompaña a materializarlo y él, sin hablar español, acompañó para que eso fuera posible. Primero arrancamos en la Patagonia. Es decir, yo ya había arrancado con el trabajo fluídico en Buenos Aires, en Belgrano, con esa gente que había venido. Habremos tenido dos o tres cursos de fluídico. Después se decide armar un programa chico y empezar en la Patagonia, con esa misma gente que había venido al comienzo por el fluido.

Osteopatía: Cuando armaron el programa, ¿tenían claro qué era lo que se querían quedar como contenido y qué no, aunque fuera bueno?

Ana: Mira, como te conté, en mi primer año de osteopatía tuve el honor de estudiar a Anne Wales y a Rollin Becker y estar en contacto con el fluido. En aquel momento no era común que en primer año pudieras conectar con las enseñanzas de estos dos maestros. Entonces, que los alumnos de mi escuela estuvieran en contacto con la vitalidad desde el primer año era clave para mí.

Desde el comienzo mi premisa fue no aplicar una fuerza ciega desde el exterior. Aunque lo osteoarticular puede ser minucioso, preciso, delicado, maravilloso, yo había decidido que quería ayudar a la gente a encontrar la fuerza vital, la fuerza de la vida: porque a partir de encontrar esa fuerza, el sistema puede hacer lo que necesite, lo que quiera. No hace falta que alguien te “manipule”, para que tu sistema funcione. Ésa era la libertad que yo quería darle al alumno, y la que le quiero dar siempre a mis pacientes: que sientan que no necesitan venir varias veces al osteópata, porque cuando eso se pone en funcionamiento, existe y está.

Así se crea el CEOB con pocos cursos, cuatro o cinco al año, y fuimos avanzando, generando más contenido, con más tiempo, porque nos dimos cuenta de que el alumno necesita evolucionar en la mano: necesita tiempo para que la mano pueda sentir qué es lo fisiológico. Y eso también es gracias a los alumnos: cuando organizábamos seminarios muy espaciados, muchos nos decían que el conocimiento se desarmaba, se fijaba menos, porque cuando surgía una duda estaban lejos para preguntar. Así que también gracias a esa demanda uno va aprendiendo.

Luego llegó el coronavirus, la pandemia, lo que obligó en un principio a poner la parte teórica en lo virtual. Aprender sobre la marcha a usar Zoom, a grabar y desgrabar clases, el Classroom... Fue faraónico. Pero lo agradezco, sobre todo a las profesoras de la escuela, porque nunca cerramos: nunca, nunca se cerró la escuela.

Y eso creo que es osteopatía: no es solo resiliencia, es regenerar, es la vida que vuelve, que no se detiene. Me acuerdo de que se anotó un montón de gente online e hicimos una charla intensiva. Como que todo en la vida tiene una razón, un porqué, y todo sirve.

Osteopatía: Volvemos unos años para atrás. Nace el CEOB en el 2004, y Gilles fallece bastante pronto, 3 años después.

Ana: Cuando muere Gilles, en 2007, empieza una especie de debacle: un movimiento grande de gente que, “quiere adueñarse de la osteopatía” o de la imagen de Gilles. Apareció incluso, después de muerto, un videíto de él. Fue bastante fuerte para la familia, que no lo dejaran descansar en paz. La gente se disputaba a los alumnos, y una alumna que había sido paciente mía, y sigue siéndolo, me dijo: "Ana, ¿no querés tomar la escuela?" Yo le dije: "Si yo tomo la escuela, tengo que cambiar todo, tendría que ser otra escuela al cien por ciento.” y ¿cómo iba a sostener, sin caer en una paradoja, una formación donde yo no quiero poner ninguna energía externa como el CEOB y, al mismo tiempo, sostener otra donde sí lo hacíamos? Por lo que preferí mantenerme al margen de toda esa época un poco turbulenta y seguir en mi camino que era el CEOB y lo es hoy en día.

Osteopatía: ¿Tenés recuerdo de alguna anécdota, algo que te haya sorprendido en el consultorio atendiendo pacientes? Algo que reafirme que la osteopatía es maravillosa.

Ana: Sí, maravillosa. Cada vez que a mí me atienden, y cada vez que yo atiendo, pienso que es un regalo: un regalo que hemos recibido de Still, de Sutherland, de Rollin Becker, de la vida, también de las manos de Philippe. Y me pregunto qué sería de mí sin la osteopatía en la vida.

Cada vez que atiendo a un paciente que aún no pasó por la osteopatía, pienso en la posibilidad que tiene. Sentir su cabeza por primera vez sin que alguien la haya tocado antes, una cabeza que todavía no pasó por otro osteópata. ¿Qué viene a mostrarme? Creo que me puedo maravillar con todos los pacientes. Por supuesto que hay pacientes con una fuerza espectacular: tengo pacientes de hace más de treinta años que podría contarte toda la historia de sus coxofemorales, y sigo viendo a esos mismos pacientes, que han transitado y evolucionado miedos que venían por algo totalmente distinto. Tengo muchísimas historias de pacientes que también he acompañado a morir.

Osteopatía: ¿Y qué es la osteopatía para vos, Ana, si tuvieras que definirla?

Ana: Como ustedes dicen en la revista, es arte y ciencia. Pero para mí la osteopatía es un camino de vida. Fue mi camino y es mi camino en la vida: la filosofía, cómo quiero vivirla. Es algo que es ciencia y es arte, pero que va mucho más allá de la palabra, un regalo que la energía suprema nos ha hecho, que nos ha puesto en esta tierra para que podamos evolucionar. Es algo que nos permite la evolución. Creo que hay mucha gente que evoluciona sin osteopatía, por supuesto, pero esto es un camino más para poder hacerlo. Eso es osteopatía para mí: mi forma de vivir, cómo concibo mi vida y mis alrededores en la vida.

Osteopatía: Si tuvieras que darle un consejo o unas palabras a alguien que recién empieza en la osteopatía, un estudiante que está por salir al mundo, ¿Qué le dirías?

Ana: Primero te voy a decir que, si volviese a nacer, sería osteópata de nuevo. Elegiría el camino osteopático, quizás un poco más avanzado, ojalá. (se sonríe)

Y si tengo que decirle algo a un estudiante, primero, que es un camino maravilloso, una profesión maravillosa, independiente, saludable, y que no tiene límite. Eso es lo que a mí me marcó para estudiar osteopatía: no tiene límites. Eso es grandioso. Otras profesiones tienen límites: a lo mejor la cirugía va a evolucionar más en cuanto a máquinas, en cómo se opera, pero eso pasa en el plano mental. La osteopatía pasa a otro nivel, el que no tiene límite. Y eso es sagrado. Para mí la osteopatía es sagrada. Le diría que se embarque en este camino, que tiene sus movimientos, sus olas, sus subidas y bajadas, pero que el resultado es maravilloso, es grandioso en la forma en que uno puede ayudarse y ayudar al otro.

Y si se acaba de graduar, le diría que hay muchísimo más, que la osteopatía es inagotable, como la vida: la vida es cambio permanente, ciclo permanente. No he encontrado otra profesión que sea así. Creo que es única, por lo menos para mí.

Osteopatía: ¿Cómo ves la osteopatía en la Argentina, y qué escuchás de tus allegados sobre lo que está pasando en el mundo?

Ana: Volví hace poquito de Europa, y creo que ahí la osteopatía no está en su mejor momento: las escuelas están perdiendo alumnos, y creo que es porque hay que incorporar más a Still, a Sutherland, a Becker. Hay que trabajar con toda la osteopatía, no solo con la parte más visible, o la que hace más ruido, o la que piensan que es más efectiva. Still no solo manipulaba: habló del líquido, habló de las fascias. Hay que unir esos conceptos, porque si no la gente va a ir al osteópata solo para que le manipulen el pie, para que le manipulen los huesos.

Acá en Argentina la veo muy bien. Hace unos años le vengo diciendo a una osteópata española que para mí Argentina va a ser un foco importante del crecimiento y desarrollo de la osteopatía de verdad, la tradicional: Still, Sutherland, Becker, no solo lo manipulativo. Aunque eso también fue una parte importante, la de Little John y otros. Nosotros vamos a ser un faro de buena osteopatía, estoy completamente segura. Ayer Philippe me dijo que mi escuela tiene un nivel muy alto, y no me lo dice porque venga de su escuela: es la escuela de todos, y sobre todo la mía porque yo enseño ahí. ¿Por qué tiene ese nivel nuestra escuela? Porque nosotros le ponemos el alma a la osteopatía. Y para que algo perdure en el tiempo y no se desgaste, como pasa en Europa, tiene que haber alma, tiene que haber fuego, algo que lo mantenga vivo. Y eso nosotros, como argentinos, como escuela, lo tenemos.

Lo que Europa tiene fuerte, y que deberían aprender, es quizás a tener menos miedo al sistema, y animarse a decir "esto no se ve, pero pasa". Esto no se ve, pero es científico: lo comprobó Magoun, lo comprobó Philippe. Si a alguien le gusta otro tipo de cientificismo, hará otra cosa, pero hay que creer en lo que uno hace. Así lo hicieron Still, Sutherland, y todos los que vinieron después, con los aportes que ha tenido la osteopatía: James Jealous, últimamente, y todos los grandes que ya se han ido, como el recordado Robert Fulford, tan hermoso por su curso sobre el corazón y el pulmón. Gente maravillosa que ha creído en algo que no se ve, pero que se siente y que existe.

Osteopatía:¿Alguna vez pensaste en largar todo? ¿Decir "no aguanto más"? Porque no es fácil sostener una escuela durante tanto tiempo, sobre todo en un país tan cambiante.

Ana: No, no, no. Es verdad que hay que sostener una escuela. Ya van a ser veintidós años este año. Y anteriormente también estuve en el IAO. Pero tengo la bendición de contar con gente que me acompaña, fundamentalmente Angie que trabaja codo a codo conmigo. Ella es mi gran fulcrum. También están las profesoras y Graciela, la secretaria. Todas sin ninguna restricción, y eso es un montón, porque nunca he sentido grandes diferencias entre nosotras: eso es fundamental, porque hablamos el mismo idioma, apoyamos lo que creemos, lo que queremos y lo que amamos.

Por otro lado, tuve un regalo del cielo que no todo el mundo tiene: desde muy joven supe siempre lo que quería en materia de profesión. Tengo el foco claro. Cuando sabés lo que querés, es mucho más fácil. Yo no di veinte vueltas para ser osteópata; tuve otra profesión antes porque todavía no conocía la osteopatía, era muy joven. Pero enseguida supe que era mi vocación: la tuve muy definida, tempranamente, y eso es un regalo, porque hay gente muy inteligente que pivotea y todavía no sabe en qué puede servir.

Además, la vida me dio los instrumentos para poder cumplir realmente con la profesión. Es como si te dijera que ésa es mi misión de vida: la transmisión de la osteopatía, su difusión, y atender como osteópata. Eso es lo que siento que vine a hacer al planeta.

Osteopatía: Para cerrar: ¿escribirías un libro?

Ana: Ay, no soy muy buena escribiendo. Tendría que ser hablado y después bajarlo a papel de algún modo.

Osteopatía: Claro, como empezar a mandarte audios, que se transcriban, y que alguien lo escriba. Pero sí, "los pensamientos de Ana”, “Ana y la osteopatía", algo así.

Ana: ¿Por qué no? Mirá, te quiero contar algo más de mi vida personal: yo tuve dos convicciones muy fuertes. Una fue la profesional, y la otra fue que iba a ser madre de varios hijos. Esos son amores que me han llenado un montón y me siguen llenando: siempre supe que iba a tener hijos, porque los deseaba, y en la profesión, ninguna duda, nunca. Así que también lo considero un regalo. La vida me ha hecho regalos maravillosos, y me los sigue haciendo: trabajar al lado de Angie, ahora de Christian, que empiezan con la filosofía osteopática, con la revista, para difundir la osteopatía. Son todos súper regalos que no siempre pasan en la vida, no siempre.

Osteopatía: La osteopatía y tus hijos, entonces, ¿son los amores de tu vida?

Ana: Los amores de mi vida, sí. Y si voy a escribir un libro, tal vez sean algunas reflexiones. (se queda pensando)

Osteopatía: Escribilo. Así nos queda algo de lo que pasa ahora también, y no quedan solo los libros de los primeros.

Ana: Mirá, volviendo un poco para atrás, quería contarte algo que también la vida me puso enfrente. Me fui de viaje a Italia hace poco, y sin saberlo caigo en Sicilia, y entro a una iglesia en Mesina dedicada a Don Orione, al comienzo, al principio de todo.

Osteopatía: Volviste al comienzo.

Ana: Claro. Porque ese lugar había tenido, a principios de siglo, un terremoto muy grande, y muchos papás y mamás se habían muerto. Don Orione recogió a los huérfanos y empezó con el hogar. Como que otra vez Don Orione, de alguna manera, me estaba diciendo algo. Porque yo sigo pensando en algún día tener un hospital de osteopatía, abierto a todos: siempre pienso en esa idea, un lugar con osteópatas, con reeducadoras, con varias profesiones, pero unidas de verdad en un mismo hospital.

Osteopatía: Ana, muchísimas gracias por prestarnos tu tiempo un ratito para conocerte mejor.

Ana: Gracias a vos, un placer.

La conversación termina, de algún modo, donde empezó: en el impulso de ayudar, en Don Orione y en la intuición de que la vida va dejando señales. Entre aquel Cotolengo de su juventud y el sueño de un hospital de osteopatía abierto a todos se dibuja un mismo hilo. Ana lo siguió durante toda su vida a través de la clínica, la enseñanza y la formación de generaciones de osteópatas. Escucharla permite comprender una parte esencial de la historia de nuestra disciplina en la Argentina, pero también recordar algo más profundo: que un conocimiento solo permanece vivo cuando alguien decide transmitirlo.

Entrevista a Ana Callone DO

por Clarisa Dandolo

Osteopatía

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